La humildad ante Dios no es un acto de autodesprecio, sino un ejercicio de realismo espiritual. Es el reconocimiento de nuestra posición como criaturas frente al Creador, aceptando que nuestras capacidades, vida y aliento dependen de una fuente superior.
La humildad comienza con la honestidad. En la presencia de lo divino, las máscaras sociales y el ego se desvanecen.
Una persona humilde ante Dios no llega con una lista de exigencias, sino con una disposición de apertura.
Silencio: Callar el ruido interno para poder percibir la "voz suave" de la conciencia o la guía espiritual.
Obediencia: No como una imposición ciega, sino como la confianza de que existe un propósito mayor que el propio deseo inmediato.
El Reflejo en el Trato al Prójimo: San Agustín decía que la humildad es la base de todas las demás virtudes. La verdadera prueba de nuestra humildad ante Dios es cómo tratamos a quienes nos rodean:
"Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes".
La humildad ante Dios es, en última instancia, libertad. Nos libera de la carga de tener que ser dioses de nuestra propia vida, permitiéndonos descansar en una voluntad más sabia y amorosa que la nuestra.
by Gemini