Dejar de reprimir lo que duele o molesta suena contraintuitivo. Evolutivamente, estamos programados para alejarnos del fuego, pero cuando el "fuego" es una emoción o una sensación interna, intentar huir solo hace que el humo llene toda la casa.
La represión suele nacer de un juicio: "No debería sentirme así" o "Esto es malo". Ese juicio crea una segunda capa de malestar (metasentimiento).
Cuando aparezca la sensación, nómbrala sin adjetivos dramáticos. En lugar de decir "Me siento fatal", intenta con: "Siento una presión en el pecho" o "Hay una vibración de inquietud en mis manos". Al describirlo como un fenómeno físico, le quitas el poder del relato mental.
La neurocientífica Jill Bolte Taylor explica que la respuesta química de una emoción dura aproximadamente 90 segundos desde que se gatilla hasta que se disipa. ¿Por qué sufrimos más tiempo? Porque alimentamos la sensación con pensamientos recurrentes.
Si sientes una ola de ansiedad o tristeza, intenta observarla durante un minuto y medio sin intentar cambiarla. Mira cómo sube, llega a su pico y empieza a bajar. No luches contra la ola, simplemente flota en ella.
A menudo sentimos que la sensación desagradable nos inunda porque nos volvemos "pequeños" frente a ella. Imagina que tu conciencia es una habitación amplia y ventilada. La sensación desagradable es solo un mueble en el centro. No tienes que sacarlo de la habitación; solo tienes que dar un paso atrás y ver cuánto espacio libre hay alrededor de ese objeto. Tú eres el espacio, no el mueble.
La represión es un acto mental, pero la sensación es física. Para dejar de reprimir, tienes que "bajar al cuerpo".
Cuando dejas de gastar energía en mantener la puerta cerrada (represión), esa energía queda libre para otras cosas: creatividad, enfoque y descanso real. Al permitir que la sensación entre, permites también que se vaya.
by Gemini